Fernando Peña
07.03.2009
Paso a explicarles… Resulta que hace muchos años que voy a la pileta del Sheraton en verano, es mi oasis en la City. Ayer andaba raro, ni mal ni bien… raro… creo que todos ustedes saben cómo es sentirse así, raro… nada… andaba sin ideas y los viernes tengo que tener ideas, o por lo menos una, aunque sea una sola para escribir esta puta contratapa que amo y odio. Ya todos sabrán de los clisés del escritor… la página en blanco, inspiración o trabajo, y larari lara lara… todo muy lindo pero cuando morfás de esto, todas esas frases no sirven para una mierda. Me zambullí… al agua, literalmente al agua, nada de metáforas pedorras… splash… y mientras buceaba en mi cerebro, en mi corazón tratando de encontrar el tema de hoy, me ahogaba, juro que tenía ganas de no tener ganas de salir otra vez a la superficie a respirar, estaba cómodo ahogándome… y sufría: “¿Sobre qué escribo?, ¿sobre qué escribo?, ¿sobre qué escribo?”, me ahogaba. Salí a respirar y Mariano, un gordo simpático que tengo de acá de la pileta me miró y cabeceando me gritó: “¡Vení, Fer, que te presento a unos amigos!”… puuuffff… qué hastío de vivir, pensé, como canta Bola de Nieve, y nadé hacia el grupete. “Él es Fernando…” presentó él cuando no hacía falta… “Él es sutano, el es mengano y el es Domingo.” Domingo un sesentón que parece de 40, que no se sabe si es diplomático, narco, ministro, o dueño… es indiscutiblemente un dandy. Domingo estaba perfectamente peinado a tal punto que pensé que era de esos que no se mojan el pelo por coquetos… y en eso Domingo se mojó el pelo... y seguía impecable… me hizo acordar al petiso Blaquier. Charlamos de nada, estábamos incómodos, muy incómodos y tampoco tanto… tratamos todos los temas como corresponde cuando uno no está del todo a gusto porque el grupo se desarmó, se abrió y ya nadie puede ser como es… porque el grupo es poder tirarse un pedo y ni siquiera explicarlo, ni decir que fue uno, porque los del grupo siempre saben que fuiste vos, “¡es un pedo del gordo, sí, ése es el olor del gordo!” sentenciarán a carcajadas los del grupo. Ya no había más nada de qué hablar y nadie se animaba ni sabía cómo cerrar, cómo mandar al corte, a la tanda, y obviamente cuando tengo que tener cintura no la tengo, soy un tarado. De pronto alguien habló sobre la temperatura del agua, y yo opiné que estaba un poco calentita… por la hora, eran las cinco y media y había 30 de térmica. Como un rayo Domingo disparó con conviccion que en el fondo estaba más fresquita… y me la dejó picando, grave errror Domingo, a mi no me la podés dejar picando. Tal vez él sin querer quería que me mandara a mudar. A otra cosa mariposa, me dije y les anuncié mi retirada hacia las profundidades. Chau, chau, me voy a lo profundo, dije sin pensar, sin profundidad ni metáfora… Empecé a sumergirme cuando de pronto antes de meter la cabeza en el agua escuché lo fatal, lo que no me dejó seguir, lo que no me dejó ir a lo profundo, lo que me retuvo, lo que provocó que pegara una patada en el piso de la pileta y sacara la cabeza. No podía irme a las profundidades con esa despedida de Domingo: “¡Húndete!”, mandó, deseó, tiró, lanzó… seguramente sin pensar, o pensando en mi muerte, o lo que es peor decretando mi fracaso. “¡No, eso jamas!”, le chunte, le retruqué. Tratándome como de bobito, o tal vez no, tal vez sólo quiso explicarme lo que había querido decir, torció la cabeza impecablemente peinada, me hizo un guiño porteñísimo y conceptuó: “No… que vayas a lo hondo digo”, dijo… y me sumergí por fin.
En lo hondo, en lo profundo, en el silencio de los motores del filtro, con los ojos ardidos, tocando las venecitas con las yemas de los dedos, en el fondo, en lo hondo, en lo profundo, con los oídos tapados, llenos de presión… me saltó, me vino, apareció la contratapa… la puta y amada contratapa. ¡¡¡Aaaaaah!!!, suspiré aliviado, solté el aire con burbujas y grite, “¡Domingo…!”, él me miro extrañado, como aterrado, como barajando dos posibilidades o que le dijera que me lo quería empomar o que le preguntara la hora… pero jamás barajó la tercera… la tercera era que me había tirado el tema, que me había salvado.
El peso de las palabras, ése es el tema. No es lo mismo decir te quiero que te amo. No creo en los sinónimos, los sinónimos son la excusa del indeciso, del mediocre. Días atrás mi novio me dijo que a él le calentaba otra gente. Casi me muero, me llegó la sangre al dedo gordo del pie, pensé que estaba todo terminado, era hora de separarnos… Antes de tirarme de cabeza y firmar mi propio divorcio le dije que a mí también me calentaba otra gente, que eso no era un problema porque también me calentaba él. “¡Pero oooobvio que tambien me calentás vos!”, me dijo. “¡No, señorito, no es obvio si no decís la palabra ‘también’!”. Nada es obvio ni parecido y lo reafirmo, no creo en los sinónimos. El sinónimo perdona, permite, es flaxo, no aprieta, es el descanso del bobo. No solamente creo que hay que pensar muchísimo antes de usar cada palabra sino que mientras uno piensa hay que seguir sintiendo. ¿Qué palabra vas a usar? Por eso es dificilísimo escribir, hablar y comunicarse. La mayoría de las veces no nos comunicamos porque no nos tomamos el tiempo de elegir la palabra exacta… y una palabra determina, define.
Tengo escrita una obra de teatro que nunca estrené y que justamente habla de eso. Está escrita para un solo personaje. El personaje aparece en escena vestido de astronauta, con un casco, sus antenitas y su traje inflado. Mira al público y empieza a comentarles su idea de ir a Marte, porque hace mucho que él quiere ir a Marte. Él quiere ser el primero en pisar Marte, tiene ese sueño, ese objetivo, está convencido de que él va a ser el primero en llegar a Marte. Le cuenta al público que lo va a lograr, y cuenta cómo y de qué forma lo va a hacer. Muestra el plano de la nave, describe y explica cómo es y cómo la armó. Tiene una planilla con horarios, con plan de vuelo… en síntesis, tiene todo listo y pensado. Él va a ser el primero en llegar a Marte y punto. De repente en el medio del discurso se quiebra, se saca el casco, mira al público y les dice… “Señoras y señores, perdón, es todo mentira, yo no quiero ir a Marte, fue una realidad que construí un día cuando pronuncié palabras vacías, fue un sueño, un delirio que nació por hablar sin pensar, sin sentir… por hablar cuando no entendía ni comprendía el peso de cada palabra, fue un delirio de cuando hablaba sin conciencia, sin alma, sin corazón, sin consideración. Y fue así que un día le prometí a mi novia cuando le regalé la alianza y le dije: “Yo voy a amarte”, se lo dije sin sentir, sin miedo, sin miedo a lastimarla y con el eterno terror que tengo de estar solo. Ella se mató ayer… y me dejó una nota… la nota dice: “Me mato porque sé que vos nunca vas a llegar a amarme, adiós”. Y es cierto, yo no la amé nunca, ni iba a llegar a amarla, yo como todo varón prometo amor para poder coger… yo como todo varón soy un cobarde, un ignorante, como todo varón que no sabe hablar de sí mismo, como todo varón soy una basura, como todo varón, no soy claro ni conmigo ni con los demás… y la maté, perdón, hice que se matara. Hice que se matara porque le dije: “Yo voy a amarte”, y no era verdad… en ese momento no escuché lo que estaba diciendo, nunca escuché lo que balbuceaba, nunca escuché que la amaba… lo que escuché ese día de mi propia boca fue que yo iba a ir a Marte… (indicación para el actor: se ríe y llora)… telón.l
PD: Gracias Domingo…

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